La semana pasada fuimos a la playa y manejamos por los alrededores, para nuestra sorpresa manejan igual que aquí solo que con menos tráfico y con carros más bonitos porque tiene que ser más seguro para asegurar que la gente siga yendo a disfrutar con la tranquilidad que nada va a pasar. Aun así este año ha sido crítico para el turismo, y uno de sus indicadores clave, el factor de ocupación de hoteles, ha estado muy por debajo de sus estándares de años anteriores afectando la imagen pero aún más importante la vida de los locales que viven gracias a todos los vacacionistas que, año con año, llegan a descansar.
Los hoteles quisieran estar siempre al 100% de ocupación para obtener la mayor ganancia, pero para un huésped no siempre es lo más cómodo que el hotel este lleno de gente por todos lados. Hacer fila para entrar al restaurante a comer, no encontrar camastro en la playa o a la orilla de la alberca, que no haya cupo para darte un masaje en el spa, etc etc etc.
Seguro que todo depende del cristal a través del cual se mira y la belleza radica en el ojo que la mira, es por eso que hay una infinidad de tipos de hoteles y no por tener villas será mejor que uno que es un solo edificio, o por tener 2 restaurantes será mejor que el que solo tiene 1. Hay para todos los gustos, pero una vez que está hecho el hotel es difícil de modificar la esencia.
Creo que algo así somos cada uno de nosotros, no en el sentido que dicen que tenemos corazón de hotel, pero en el sentido que nos definimos a nosotros mismos. Nosotros tomamos la decisión de ser quienes somos, de incluir en nuestras “amenidades” aquellas cosas que consideramos importantes, aquellas que nos acercan a la mejor versión de nosotros mismos. Y a diferencia de un hotel, no tenemos capacidad finita de cuartos, podemos hospedar a cuantos seres maravillosos pasen por nuestra vida. Siempre habrá un “cuarto” disponible para aquel que quiera compartir una cheve a la orilla de la playa.