Un día de esta semana, iba saliendo del trabajo toda fastidiada, cansada, sin ganas de tráfico y a la cuadra veo todo parado. Con ganas de gritonear de verdad. En eso cambia el semáforo y a la vuelta de la esquina veo un atardecer espectacular. El sol poniéndose en el cerro de las Mitras con un conglomerado de nubes que parecieran puestas ahí a propósito. Rallos saliendo entre las nubes, el cielo pasando de naranjoso, amarillo, celeste. De repente para cuando me di cuenta como por arte de magia el tráfico había desaparecido y la vía estaba libre. Hice a lo mucho 20 minutos a mi casa, pero fuera del tiempo, lo que verdaderamente importa fue esa sensación de tranquilidad que me inundó el resto del día.
Eso me puso a pensar, como es tan fácil aferrarnos a lo malo y dejarnos llevar. Si es coraje, con el coraje todo el día. Si es tristeza, con la tristeza todo el día. Y no vemos que no solo solos nosotros los que estamos sumergidos en esa pesadez, sino dejamos un poco en cada persona con la que convivimos ese día. Así como el bostezo se contagia, también la psicosis y la histeria.
Parece más fácil aferrarse a lo malo, pero eso a veces lo pensamos porque no nos hemos aferrado lo suficiente a lo bueno como para en realidad darnos cuenta de lo que nos estamos perdiendo. Reconocer que es una bendición que nos despertemos cada día, respiremos, veamos el sol salir, tengamo familia y amigos que nos quieren, comida en nuestra mesa, automóvil para movernos y al final del día ver el sol ponerse y regresar a una casa segura donde podremos descansar, aunque suene cliché, no tiene precio.
Y a parte de todo, como por arte de magia, cuando vives y disfrutas cada momento, tal como lo dice Eckhart Tolle con el “Poder del ahora”, los obstáculos se hacen a un lado y la vía se vuelve libre para ser recorrida.
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